El ron es una de las bebidas espirituosas más incomprendidas. Durante años se ha asociado con los cócteles tropicales y los sabores dulces, pero esa imagen dista mucho de la realidad. De hecho, se trata de una categoría muy variada y llena de sorpresas.
Uno de los mitos más comunes es que «el ron siempre es dulce». La confusión proviene del hecho de que muchos rones comerciales añaden azúcar o son naturalmente más dulces debido al envejecimiento en climas tropicales. Sin embargo, existen rones secos, complejos e incluso bastante intensos, con perfiles que van desde notas vegetales y terrosas hasta especias profundas y madera tostada, como es el caso de algunos rones de Madeira, conocidos por su estilo más puro y menos dulce. Al igual que con el vino o el whisky, el sabor depende en gran medida del método de producción, las materias primas y la duración del envejecimiento.
Otro error común es pensar que el ron «solo sirve para cócteles». Aunque bebidas como los mojitos o los daiquiris han contribuido a popularizarlo, muchos rones añejos están pensados para disfrutarse solos, al igual que un buen whisky o un coñac.
También hay quienes piensan que todos los rones son iguales y que solo se diferencian en el color. En realidad, las diferencias van mucho más allá de la apariencia: desde el uso de melaza o jugo de caña de azúcar hasta el tipo de barrica, cada elección influye en el resultado final.
Desmitificar el ron es abrir la puerta a un mundo más rico de lo que parece a primera vista. Ya sea en un cóctel bien elaborado o disfrutado solo, siempre hay algo nuevo por descubrir; solo hay que mirar más allá de los prejuicios.